Tocar el cielo, matar a Dios

La 26ª edición del Concurs de Castells de Tarragona fue histórica – Muchas construcciones de 10 pisos en una disciplina que crece sin pausa – Els Verds de Vilafranca ganaron por octavo año consecutivo.
castellers2_optTarragona. (INCAT). Laureano Debat (texto y fotos).
– La utopía de tocar el cielo es una de las pulsiones humanas más clásicas. Lo es, probablemente, desde el mito de la Torre de Babel. La historia de nuestra civilización se puede contar a partir de todos los hitos que fueron marcando este sueño. Y cuando el límite es el cielo, puede esperarse cualquier cosa: es el caso opuesto de la idea de Dios.
Una canción del músico argentino Indio Solari dice que “Dios es todo, no puede progresar”. Con los castellers es al revés, quizás porque el cielo se ve desde abajo: la totalidad nunca es total sino móvil, múltiple, heterogénea. El castillo es progresivo ad eternum y siempre puede llegar a más.
La única posibilidad de tocar techo es que la enxaneta, esa niña valiente que se coloca en la cima, al alzar su bracito le dé un golpecito en la espalda al viejito sedentario de barba y barriga. Y, como si hubiese hecho una travesura, comience a bajar velozmente para deconstruir la torre.

La ruta. La llegada no es tan caótica como podría esperarse. Teniendo en cuenta que la Tarraco Arena Plaça estará a reventar y que las 6200 entradas para hoy se agotaron en pocos minutos, ni bien se pusieron a la venta a finales de julio. El tránsito es normal, nutrido pero no agobiante, sólo interrumpido por grupos de autobuses que se desplazan de 5 a 6 unidades, todos juntos, transportando a las collas castelleras que llegan a Tarragona a disputar la jornada final de un concurso que comenzó el  25 de septiembre en Torredembarra y que culmina este fin de semana. Serán más de 6 horas viendo castellers, con 12 collas distribuidas dentro de la arena: más de 5000 personas, todas juntas, intentando tocar el cielo de manera alternada.


castellers4_optEl clásico.
Para muchos jóvenes que nacieron a mediados de los noventa, los castellers son una disciplina que consiste en montar torres humanas y que siempre ganan los de Vilafranca. Desde 2002, los Verds vienen ganando todas las ediciones del Concurs, 7 consecutivas, sumando 10 en su historial, por lo que tratarán de conquistar la número 11 este domingo. Pero no siempre fue así. En la primera edición del certamen, en 1932, la campeona fue la Colla Vella dels Xiquets de Valls, que siguieron ganando títulos hasta llegar a 8, deteniéndose su racha en el año 2000. La hegemonía de Vilafranca es reciente, pero la rivalidad entre els Verds y la Vella es histórica.

La red. En los castellers no hay ídolo individual. No existe la idea de ídolo. Hay un grupo, siempre, con gente anónima y en donde cualquier diferencia se difumina en un mismo color. Toda individualidad está marcada en que uno depende del otro, sí o sí. Si yo me caigo, tú también. Si yo resisto, tú sigues de pie y el castillo se mantiene. El castillo es el ídolo. En el castillo, la gente se necesita mutuamente y como en pocos contextos humanos. Y no deja de ser irónico que algo así suceda en la arena de una antigua plaza de toros, habitada durante décadas por el emblema del señorío ibérico y sus machos individuales. Una hombría que tan individual tampoco era, si se tiene en cuenta que estaba asistida por banderilleros y otras tipologías de carniceros cuyo trabajo era agujerear a un animal para preservar la figura del ídolo individual.

La expectativa. Durante la última diada de Sant Fèlix, la fiesta mayor de Vilafranca del Penedès, la Vella de Valls logró lucirse en la casa y en la cara de sus archi-rivales. Descargaron un 4 de 9 sense folre, uno de los castellers más difíciles de conseguir según los expertos, una estructura que se hizo 14 veces en 200 años de historia de la disciplina. Los de Valls llegaron a Tarragona así, con la voluntad de ganar como sea.
Vilafranca, por su parte, vino con dos objetivos: vigilar de cerca a la Vella y elegir bien qué castillos montarían de acuerdo a su estrategia; y competir contra sí misma para aumentar su hándicap y conseguir nuevos récords. Ya habían descargado en cuatro ocasiones el castell de 3 de 10 amb folre y manilles y buscarán hoy el 4 de 10 completo, cuya carga ya consiguieron y que ahora intentarán, también, descargar.


casteller7_optDesayuno
. Mi desayuno será una butifarra asada con una cerveza. No son ni a las 10h de la mañana y alrededor del estadio hay ambiente de cancha: humo de parrilla, policías, camisetas de colores, vahos de alcoholes y carnes asadas. Adentro están acabando de ingresar las collas, el círculo de la arena rebalsa y los castellers comienzan a prepararse. Apenas unos minutos después de las 10h, un viejo de la Colla Joves Xiquets de Valls (valga la paradoja) se pone en guardia para degustar el hilo finísimo de un vino tinto en bota.

El concurso. El Concurs de Castells de Tarragona es el torneo más importante del mundo de la actividad. El único que se rige por un reglamento de puntuación específico para los castellers que compiten. La primera edición fue en 1932 y contó con Pau Casals, el famoso violonchelista, como presidente del jurado. En esos años, lo máximo que hacían las collas eran castells de 2 de 7 y a medida que pasaron las décadas se fue llegando a 8 y a 9 pisos, pero muy de a poco. Recién en 1980 se logra consolidar el torneo y comienza a celebrarse sin interrupciones cada 2 años, hasta hoy. Y en 2016 las torres de 10 pisos son un hecho, algo impensado años atrás.

La ropa. Hay dos atuendos bien marcados. La camiseta del hincha que colma las gradas, con el tour anual de su colla impreso en la espalda, como una banda de rock. El hincha que alienta, que trajo tuppers con rodajas de fuet, que apunta números en la planilla que entregó la organización en la entrada. Y está la camisa del casteller, algunas nuevas y relucientes, otras desteñidas de tanto lavado y uso. Todas dentro de la arena, irregulares: sólo desde lejos ese color puede verse homogéneo y sí se puede distinguir el lila del verde del rojo del azul y del gris en la paleta de colores castellera.


20161002_125117_optLa previa.
En un punto del círculo, una chica adolescente sostiene el extremo de una faja negra de tela. En la otra punta, se va enrollando a la altura de la cintura un chico de ojos claros y con marcas de acné reventado a uña. Hacen la operación con parsimonia, procurando la máxima tensión en la tela, que no quede ninguna grieta, el ajuste perfecto. Hasta que chico y chico se encuentran, él se acaba de atar la faja y ella le da un beso en la frente. A su alrededor, cientos de camisas del mismo color se reparten diferentes preliminares: cigarrillos, agua, estiramientos, silencios. Les toca el próximo turno.

Rondas. En las primeras rondas, las collas comienzan con artillería pesada: 3, 4 y hasta 5 de 9 o de 10. Tienen mucho ensayo y parece que nadie planteará una estrategia conservadora. Los pisos de 8 ya son historia, a no ser que sean sense folre y manilles. La disciplina va escribiendo su historia en escala ascendente, superándose año tras año. Vilafranca comienza con el 3 de 10 amb folre y manilles, que logra descargar con una destreza asombrosa, mientras su hinchada arde en aplausos y el resto del estadio mira con una envidia silenciosa, tan callada y tan muda que genera ruido en los cuerpos. La Vella de Valls intenta un 4 de 9 amb folre y manilles y lo cargan muy bien, pero al final se desmorona y la descarga no contará en la puntuación final.

Las niñas. No sé qué sería del castell sin esa tensión mórbida que despierta el riesgo infantil. Esos cuerpitos tan diminutos y elevados en tantos metros, con casco y protección bucal, subiendo por las fajas y las espaldas y los hombros de esas torres humanas. Los niños y las niñas que juegan en el suelo como juegan todos los niños y las niñas, en cuatro patas, con cochecitos, pelotas y muñecas. Que cuando llega el momento de trabajar, un adulto se los carga al hombro y acceden con una profesionalidad asombrosa. Que saben muy bien cuándo es el momento para el juego y cuándo hay que ponerse serios y concentrarse para la hazaña. Este domingo en Tarragona, podría asegurar que el 90 por ciento de esos cuerpitos con cascos pertenecen a niñas y no a niños, lo que habla bastante de la valentía según el género.


castells1_optAzules y lilas.
Hay otros colores protagonistas, más allá del verde y el rojo. Los azules de los Capgrossos de Mataró logran descargar un 2 de 9 amb folre y manilles dramático, que aguantan pese a haber templado casi desde el inicio. Y los locales, cientos de camisetas y camisas lilas en las tribunas y en la arena, la Colla Jove Xiquets de Tarragona, que logran sorprender por completo a más de 10 mil personas con un 3 de 9 amb folre y agulla.
El pase de prensa permite que uno pueda moverse libremente por los palcos, la arena y las tribunas bajas, para ver los castellers desde diferentes perspectivas. Y esta joya de los lilas pude verla de frente, en la primera línea de la hinchada tarraconense, que estalló en aplausos cuando el castell se deconstruía al mismo tiempo en el que la aguja se erguía firme, con la mano alzada de la niña enxaneta diciendo que esto no se cae. La emoción también tenía su carga estadística: es el primer castillo de este tipo que la Jove logra descargar en su historia y la segunda colla que consigue hacerlo.

Los cuerpos. La torsión de los pies, su forma. Cuerpos que trepan espaldas de montaña. Los cuellos inclinados y tensos, al asecho. Dientes que aprietan pliegos de una camisa. Piernas y glúteos que se yerguen, se doblan y se vuelven a erguir. El folre y las manilles que se apuntalan y se rellenan de gente tensada. La piña que inicia desde abajo la presión definitiva. Alrededor de un círculo, cientos de cuerpos se mueven como un batallón de infantería. El engranaje es coordinado y marcial. Pura disciplina.


castellers5_optEl final.
Vilafranca se quedó, finalmente, con su octavo título consecutivo. Su balance de esta jornada fue de un 3 de 10 y un 4 de 10 amb folre y manilles descargados y una torre de 8 sense folre, que lograron cargar dos veces pero que nunca pudieron descargar. Si la Vella de Valls hubiese podido descargar el 4 de 10 amb folre y manillas (sólo logró cargarlo), quizás no se hubiesen arriesgado tanto hacia el final.
Pero así fue: en las últimas dos rondas se jugaron a matar o morir, intentando en dos oportunidades el 3 de 9 sense folre, el más difícil de la tabla, el que más puntúa en el concurso. Fallaron las dos y con absoluta dignidad, sobre todo en el último intento, que estuvieron a punto de montarlo ante un estadio enmudecido por completo y con muchas ganas de sentir el aura de un momento histórico. El precio fue ceder la segunda posición a la Jove de Tarragona y quedar terceros. Y el 3 de 9 sense folre sigue virgen, hasta hoy. Dentro de la arena, una jovencita de la Colla Joves de Valls me decía que, en teoría, ellos hicieron un 3 de 9 sense folre, una sola vez y a principios el siglo XIX, pero qué casualidad que fue justo antes del invento de la fotografía.

El lenguaje. El magnetismo del castell, quizás, radique en que prescinde del lenguaje verbal. Es pura expresión corporal y se traslada del deporte hacia la acrobacia y llega hasta la danza. El resultado final, a ojos del espectador, es tan plástico como instantáneo. La enxaneta no dura ni un segundo con la mano alzada, entregándonos una versión microscópica del arte efímero.
Como lenguaje universal y simbólico, no es casualidad que la actividad gane cada vez más adeptos alrededor del mundo. Ni tampoco que el sábado, cuando fue el turno de las collas internacionales, los Xiquets de Hangzhou que vinieron desde China lograran un Castell de nueve pisos, algo que ninguna colla fuera de Cataluña había conseguido jamás.
Se dice que los hombres construyeron la Torre de Babel para estar más cerca de Dios. Para verlo, tocarlo, sentirlo. Miles de años después, parece que Dios es cada vez menos necesario. Y quizás por eso repta en el cielo, echando barriga y sin afeitarse, esperando que la enxaneta le dé el toque de gracia que necesita para morir de una vez por todas.