Cinco semanas de agravios y una sola reflexión

Comentario editorial de Pau Arranz i Badia

El apremio y la inmediatez de acontecimientos con los que la actualidad catalana ha impuesto nuestro día a día informativo desde el pasado 1 de octubre hizo especialmente difícil un necesario ejercicio de reflexión que sirviera, además, de discreta presentación del director.

No es que los despropósitos hayan dejado de encadenarse: hoy, sin ir más lejos, la Audiencia Nacional ha desestimado el recurso de prisión incondicional contra los Jordis, dejando una vez más en evidencia que “la separación de poderes en España” es una oración sin verbo, sin veracidad y sin gracia alguna. No es que no haya habido noticias hoy, decía -el paro nacional en defensa de la república bloqueó hoy todo el transporte terrestre en Catalunya-, tal vez solamente nos hayamos acostumbrado, y el desastre no nos provoque ya tanto vértigo.

Presos políticos en Europa

Que la judicialización de todo este proceso retrata a un gobierno autoritario -dotado de un severo discurso disciplinario aceptado por la mayoría de medios- es una evidencia demasiado obvia. Pero que se haya llegado hasta el encarcelamiento de la mitad de un gobierno -y la búsqueda y captura de la otra mitad- ante el silencio vergonzoso de la Comisión europea y la comunidad internacional (Argentina incluida) es una triste constatación de que la solidaridad entre estados, si existe, es radicalmente contraria a la solidaridad entre los pueblos.

El gobierno del Partido Popular vive el sueño húmedo de tener toda la maquinaria del estado a su servicio (coercitiva, administrativa, judicial y mediática), con el cheque en blanco que le extendió la lejana derecha de Ciudadanos y la derecha moderada del PSOE, que no se sonroja demasiado cuando se le recuerda al mundo que en España también hay presos políticos.

Las elecciones del 155

Las elecciones autonómicas del 21 de diciembre no parece que tengan que cambiar demasiado las cosas. La demoscopia electoral nos indica que el tablero seguirá más o menos igual en Catalunya. El retroceso de la derecha independentista de PDECat se compensará del lado soberanista con un aumento de ERC, que por primera vez se postula como principal opción política al Parlament. Aumentará sensiblemente la lejana derecha de Ciutadans, la incomodidad del PSC y habrá ciertas dudas en En Comú y Podem. Las CUP pueden no ser en esta ocasión tan determinantes como en la pasada legislatura.

No obstante, si la mayoría absoluta parlamentaria del bloque independentista no se da -en las últimas encuestas no está asegurada- van a necesitarse alianzas y pactos más extraños todavía (también a nivel estatal) para tirar adelante la legislatura y, ya no digamos, el país.

Un país partido

Porque además de tener unas instituciones intervenidas y una ciudadanía que no está siendo gobernada por sus representantes electos -todo un desastre institucional-, nadie podrá negar a estas alturas que el país está socialmente partido. A pesar de que el soberanismo mantiene la hegemonía pública y popular, hay otra mayoría de catalanes cada vez menos silenciosa y acomplejada que reclama su porción de espacio público. No es extraño que los balcones exhiban hoy enemistades y que las banderas del otro sean percibidas como una agresión. La riquísima gama de grises que conforman las múltiples identidades catalanas se diluye inexorablemente hacia el triste nosotros y ellos.

Sea cual sea el final de todo este proceso, en el corto, mediano y largo plazo hará falta tender muchos puentes, dar muchas manos, y admitir algunos excesos para recoser la sociedad catalana.

El problema entre Catalunya y España es de índole política y solo de forma política puede encontrar una solución.

El derecho inalienable del pueblo de Catalunya (y el de todos los pueblos del mundo) a su emancipación y autodeterminación lo ha combatido y lo sigue combatiendo el gobierno español con todas sus armas. La autodefensa de los estados frente a su fragmentación está internacionalmente protegida por los mismos estados e incluso por la ONU, que corporativamente limita este derecho a los pueblos colonizados. Es inevitable, entonces, que los pueblos se autodeterminen contra las normas de los estados -de todos ellos- y también es casi inevitable que éstos los combatan peligrosamente con argumentos legales, terminando las más de las veces en procesos de judicialización como el que se está viviendo en España.

Cuando el 80% de los catalanes cree que un referéndum (no necesariamente la independencia) es la herramienta que debe servir para decidir acerca de su presente y futuro políticos -dentro o fuera de España- están declarando implícitamente que son soberanos. Esta soberanía implícita choca frontalmente con la Constitución del 78, que afirma que la soberanía recae sobre todos los españoles. Problemas de esta índole son problemas políticos, que no corresponde al derecho -ni tan solo al derecho internacional- dilucidar.

La reflexión necesaria

La más ingenua de nuestras personalidades nos decía que la independencia tendría una fecha y una hora. Que el día 1 de octubre de 2017 los catalanes iríamos a votar y al día siguiente nos encontraríamos con un mundo mejor y más justo. Esta misma ingenuidad que todavía busca complicidad en Europa -y que, por otro lado, nos hizo llegar hasta aquí- no nos deja tener la perspectiva temporal adecuada: Cambios tan profundos requieren tiempo, tenacidad y generosidad.

Debemos –nosotros y ellos, todos- encontrar la valentía necesaria para cuestionarnos y hacernos preguntas incómodas. ¿Solamente ellos hicieron las cosas mal? Que ellos estén equivocados ¿Me hace a mi tener razón? ¿No será demasiada reducción que exista un nosotrosellos?  Tienen unos el derecho y la legitimidad de casi la mitad de los catalanes para declarar la independencia, pero ¿Es ese porcentaje el deseable para hacerlo? ¿No se creen los otros catalanes con legitimidad para lo contrario?

Hacerse estas preguntas en voz alta es incómodo. Este director no está seguro de si estas dudas incómodas nos van a llevar a lado alguno, tampoco está seguro que gusten a los lectores. Pero a pesar de ello está convencido, tal vez con otras muchas dosis de ingenuidad, que nada malo nos va a pasar pasar si nos las hacemos.

 

 

Pau Arranz, Buenos Aires, 8 de noviembre de 2017