A falta de política, judicialización

La táctica de Rajoy vuelve a ser la inacción política, y la confianza en que los jueces le harán el trabajo en Catalunya.

Mariano Rajoy arrancó el 2018 caminando rápido en Pontevedra. Es su deporte favorito -lo repite durante las campañas electorales- y es también su manera de encarar los asuntos de estado. “No me enfrento nunca, siempre procuro ir en paralelo, así se vive mejor en la vida”, le confesó a Jordi Évole en una entrevista. Como en las caminatas, el presidente español opta siempre por seguir tirando y mirar de reojo los problemas -actuando sólo si es inevitable en lugar de atacarlos de frente. Así, de perfil, haciendo de la inacción una religión, es como gestionó Rajoy el reto democrático que le representaba el Procés, o la explosión de casos de corrupción que han dejado a su partido imputado, un hecho inédito en la democracia. Y es también así como piensa continuar haciendo frente a los sobresaltos que le lleguen en un 2018 que promete venir cargado de novedades en el flanco de la corrupción, pero que también estará marcado por la situación en Catalunya y por los temas de política española, que pueden poner en cuestión incluso su continuidad en la Moncloa. El objetivo de Rajoy es mantenerse en el cargo hasta el último día. Poco amante de las sorpresas, en más de una ocasión ha respondido con obviedades que “las legislaturas duran cuatro años” cuando se le ha cuestionado sobre su voluntad de agotar el mandato.

Después del año de bloqueo por la repetición electoral, y de otro año en que se ha tenido que acostumbrar a gobernar en minoría y ha congelado decisiones clave con la excusa de la situación en Catalunya, Rajoy se ha propuesto que en 2018 sea, ahora sí, un año de hacer cosas. O al menos eso es lo que ha dicho. A pocos días de las elecciones catalanas, la vicepresidenta española, Soraya Sáenz de Santamaría, anunció un ambicioso paquete de leyes y decretos que el ejecutivo español pretende aprobar este año. La minoría en el Congreso le complicará que todas lleguen a buen puerto, pero esto no frenará su determinación para continuar, aunque sea sin hacer leyes. Las negociaciones llegarán salpicadas de noticias judiciales, con la sentencia del caso Gürtel en la esquina y los juicios por la Púnica, Lezo y Tabla pendientes, además de los papeles de Bárcenas que lo señalan directamente. Todo ello con un Albert Rivera crecido, que ya sueña en asaltar la Moncloa.

Pero hay otros retos en el horizonte que sí le pueden complicar la vida. En el flanco económico tiene por delante una dura negociación presupuestaria. El año pasado renunció a aprobar unos presupuestos para el 2018 con el pretexto de que debía centrarse en la situación en Catalunya. Si no logra el apoyo del PNV para la votación final y del PSOE para el techo de gasto, tendrá que tirar la toalla y rendirse. Esto en principio no lo condena este año, pero la perspectiva de que en 2019 tampoco haya presupuestos prácticamente lo obligaría a adelantar los comicios, con la tentación de hacerlos coincidir con los autonómicos y municipales, como le piden algunos ministros.

El otro gran flanco es el del modelo territorial. Para conseguir el apoyo del PSOE a la aplicación del 155, el presidente español se comprometió a abrir una comisión en el Congreso que abordara una posible reforma del estado de las autonomías. Lo hizo a regañadientes, y pronto comenzó a poner peros. La comisión, de momento, ha tenido poco éxito porque sólo se han sumado los partidos del 155 (el PP, el PSOE y Cs), pero los socialistas le exigirán resultados a mediados de año. Puede optar por menospreciarlos, pero según cómo evolucionen los acontecimientos en Catalunya deberá dar respuestas si no quiere perder el apoyo del principal partido de la oposición en su estrategia. Y es justamente el catalán el flanco más caliente de todos. Una vez accionado el 155, Rajoy se siente armado. De hecho, durante la campaña del 21-D se dedicó a amenazar con una posible nueva suspensión de la autonomía si los nuevos gobernantes optaban por la vía unilateral. Pero el resultado de las elecciones, que apuntan a un nuevo ejecutivo independentista, lo colocan en la situación que más temía. De manera inminente, Rajoy optará por dejar que el procedimiento judicial haga su camino. Confía en que los jueces fuercen un cambio de caras entre los líderes independentistas que hagan la situación más pilotable. Está dispuesto a volver a sacar la artillería pesada si no es así, pero no piensa ofrecer una vía pactada para satisfacer las aspiraciones de la soberanía. Eso sería, sin duda, un atentado contra su filosofía de ir en paralelo por la vida.