Josep Puig i Cadafalch: el arquitecto de Catalunya

El Año Puig i Cadafalch conmemora el ciento cincuenta aniversario del nacimiento del arquitecto y el centésimo que se convirtió en presidente de la Mancomunidad.

Josep Puig i Cadafalch ejerció como escritor, periodista, historiador, arqueólogo, urbanista, político y, naturalmente, arquitecto. Un arquitecto con obra inicial adscrita al Modernismo, que luego fue evolucionando hacia el lenguaje clasicista propio del Noucentisme hasta los últimos años en los que llegó a hacer alguna incursión en el movimiento moderno bajo la inspiración que marcaba Le Corbusier y sus seguidores. El habitual trío de la excelencia arquitectónica modernista formado por Gaudí, Domènech i Muntaner y Puig y Cadafalch es superado estilísticamente por este último, quince años más joven que los otros dos, lo que le permitiò adoptar sin demasiados problemas las nuevas tendencias que iban imponiéndose.

El Museu d’Història de Catalunya acoge la exposición central del Año.

La exposición del Museo de Historia va recorriendo la trayectoria vital de Puig i Cadafalch y nos ofrece una mirada hacia las múltiples facetas de la personalidad de este hombre controvertido y de carácter difícil que inspiraba grandes amores y grandes odios. Un hecho que se puede comprobar nada más entrar en la primera sección de la muestra donde se reúnen caricaturas y chistes aparecidos en los periódicos durante los años que ejerció responsabilidades políticas, primero como concejal municipal (1901-1905), luego como diputado en Cortes por Solidaritat Catalana (1907-1909) y ya partir de 1917 como presidente de la Mancomunitat de Catalunya.

Puig era un señor de derechas y catalanista que no tenía muchas manías. Era muy crítico, por ejemplo, con el plan Cerdà al que atribuía, entre otros achaques, una monotonía compositiva que le desagradaba profundamente. Este espíritu crítico iba acompañado, sin embargo, de un notable sentido práctico que lo hacía intervenir en lo que consideraba que eran las necesidades de cada momento, comportaran, o no, lucimiento personal. No es extraño, pues, que la obra más importante de su época de arquitecto municipal de Mataró fuera la construcción -no entendida por todos- de una red de alcantarillado que estuviera a la altura de las necesidades de la ciudad. Y en la misma línea de gestión práctica se inscribe la creación, más adelante, de la Junta de Museos de Barcelona o del Institut d’Estudis Catalans, que es tanto como decir la semilla de cosas tan importantes todavía hoy como la Biblioteca de Catalunya, el impulso a las excavaciones de Empúries, la salvaguarda de las pinturas murales románicas del Pirineo, la creación de un nuevo modelo escolar o el apoyo al trabajo de Pompeu Fabra, entre otras muchas iniciativas.

Y no sólo de tipo cultural, porque Puig y Cadafalch veló también para modernizar y tecnificar el país a partir de la creación de infraestructuras viarias y de telefonía, cartografía, meteorología, geología, etc. Es decir, el diseño de los cimientos, los pilares y las paredes maestras de aquel proyecto que el arquitecto Puig llevaba en la cabeza cuando pensaba en el país que quería construir.

La exposición dedica un espacio importante a tres tipos de proyectos arquitectónicos: los que no prosperaron más allá de los planos, como el Palacio de la Paz de La Haya, los edificios construidos que todavía existen y los que, como las casas Llorach o Trinxet, no resistieron el embate salvaje de la especulación urbanística. En todos los casos el visitante puede ver documentación adecuada en forma de dibujos, fotografías, detalles de construcción o recreaciones en pantalla como, por ejemplo, un interesantísimo estudio comparativo entre los programas de usos y los sistemas constructivos de la casa Amatller (1898- 1900) y la casa Guarro (1922 a 1927) gracias al cual nos damos cuenta de que Puig era un arquitecto atento a la evolución del oficio ya la renovación de los materiales para edificar.